Sé que llevo un tiempo sin escribir. El mendigo de abajo se cambió de banco después de un par de visitas de la policía municipal y su mudanza acabó con mi inspiración. Además desde hace ya varias semanas los viajes en metro han dejado de ser inspiradores y se han convertido en insoportables; ahora me he convertido en una persona normal que odia el transporte público y empuja y resopla en el metro fingiendo que tiene más prisa que el resto aunque en mi caso tampoco tengo que actuar demasiado porque suelo llegar tarde.
Los taxistas por ejemplo, siempre me han fascinado. Creo que pertenecen a ese gremio de profesiones privilegiadas que se merecen un máster en psicología popular de tanto escuchar los dramas y las historias de la gente. A mí me gusta contarles mi vida lo reconozco, sobre todo si llevo un par de compas encima y el tío me parece simpático.
Ayer a las cuatro de la mañana me encontré con el gancho perfecto para reconciliarme con el blog. Era delgado como una lagartija y me contó que se acababa de divorciar de su mujer. Me dispuse a escuchar pensando que su drama iba a resucitar mi inspiración pero al llegar a mi destino me di cuenta de que era un capullo poco inspirador. Sólo puedo decir que llegue sana y salva a pesar de que al taxista-lagartija no le parecía indispensable mirar hacia el frente. En fin...seguiré en busca y captura de una historia que resucite este blog.
Tiene la barba espesa pero cuidada y el pelo largo pero no abundante recogido en una ridícula coleta. Se pasea por la biblioteca con un impermeable de color azul, pantalones desgastados y unos zapatos de goma ancha. Me siento en su mesa pero me intimida un poco porque ocupa mucho espacio. Va cargado con cuatro bolsas de las que saca sin parar libros apuntes, lápices y bolígrafos como si fuese el bolso de Mary Popins. Me imagino que estará haciendo un trabajo de investigación o una tesis. Rompe unos papeles y los pone en medio de los dos como si quisiese marcar una barrera. Lee, pasa hojas y da paseos.
No consigo averiguar de dónde procede, qué idioma habla o a qué se dedica pero parece que ha vivido muchas cosas antes de estar sentado en esa mesa. Me imagino que fue un monje tibetano o que estuvo de misionero en la India, su aspecto desaliñado parece algo natural en él, como una forma de rebeldía, como si quisiese decirle al mundo que él no pasa por el aro. Se va de la biblioteca un poco antes que yo, cargado con sus bolsas en los que guarda todas sus otras vidas, las que ha vivido en países lejanos y las que ha vivido a través de sus libros.
La verdad es que me voy de la biblioteca imaginándome su historia. La historia de un investigador y la de un monje tibetano, la de un voluntario en países lejanos, escritor o científico chiflado, vividor de muchas vidas. Pero no tardaríamos en volvernos a ver aunque en unas circunstancias que se alejan de las que había imaginado.
Unas horas después lo encuentro en el semáforo de Alberto Aguilera, despojado de todas sus otras vidas; las bolsas con libros están escondidas detrás de un contenedor, mientras él se dirige a los transeúntes pidiéndoles algo para comer. Lo miro compungida como si me reencontrase con un viejo amigo de la infancia en esa tesitura.
Pienso en preguntarle por su proyecto de investigación o por su estancia en la India pero me doy cuenta de que esa es sólo la vida que yo me he inventado para él.
Cuando me ve se gira e intenta esconderse; yo me hago la despistada y cruzo ignorando al mendigo que tengo delante y pensando en el monje tibetano de la biblioteca.

Marta se agita en la silla mientras se ríe y emite ruiditos nerviosos, es la única de todo el vagón que recibe al lunes con tanto entusiasmo.
A las ocho de la mañana mi supuesto “olfato periodístico” está tan atrofiado como el resto de mis sentidos así que después de observarla un rato decido que una niña que no llega a los tres años no me proporcionará una buena historia en tales circunstancias. Abandono a Marta y sigo subrayando mi libro de derecho pero al rato me doy cuenta de que me he topado con un gran personaje literario.
De repente, sin venir a cuento, la niña comienza a agitar los puños y a gritar con entusiasmo:
-¡La abuela tiene pene! ¡La abuela tiene pene!
Ante tal afirmación dejo a un lado a Kelsen y al Tribunal Constitucional y me centro en el panorama que tengo delante. Alrededor de la silla de Marta están sus tres hermanos, una niña y dos niños repeinados. Intuyo que son trillizos además de ser también los nietos de la supuesta abuela con pene. La chica que los cuida los intenta controlar pero da la impresión de que se le escapan de las manos.
Al cabo de un rato la hermana mayor que se llama Lucía y no tiene más de siete años intenta hacerse cargo de la situación e intenta que Marta se calle agitando la sillita pero la niña sigue predicando tal afirmación a los cuatro vientos.
A estas alturas todos los viajeros se involucran en el conflicto y se posicionan mentalmente entre los que creen a Marta y los que no. A la chica que los lleva al colegio se le escapa una risa nerviosa. Lucia decide actuar y finge estar enfadada con su hermana apartándose bruscamente de la silla. Marta la llama con entusiasmo, le lleva un rato darse cuenta de que su hermana la está ignorando a propósito, y es que todavía no sabe que no hay peor sordo que aquel que no quiere oír.
Marta cambia de estrategia y transforma su voz chillona por una más suave y le dice en tono conciliador:
- -Venga Lucía, que te doy un besito…
Su hermana mayor no se resiste y se acerca a la silla, entonces Marta se vuelve a reír y dice más bajo.
- Me lo ha dicho. Me lo ha dicho la abuela! La abuela tiene pene!
En ese momento el metro llega a mi parada, me bajo pensando en los niños y en las abuelas con pene y no me doy cuenta de que los trillizos Marta y la chica que los cuida se bajan en el mismo sitio.
Al llegar a la estación una anciana corpulenta con las cejas pintadas y las manos grandes y huesudas ayuda a la chica de la risa nerviosa a empujar la silla de Marta.

Ella apareció de repente cuando ellos bebían vino blanco un sábado cualquiera. Ellos habían quedado para comer cuando se dieron cuenta de que nunca se habían visto a la luz del día. Se conocieron en otra ciudad hace muchos meses un día que ella llevaba un antifaz negro pero él no iba disfrazado. A él le sorprendió lo pequeña que era sin tacones, a ella le resultó extraño que le siguiese pareciendo gracioso sin el efecto del whisky. Quedaron en una calla abarrotada para comer en un sitio abarrotado un día que no hacía ni frío ni calor. Pero antes se fueron a beber vino y se encontraron con ella.
No era ni hippie ni bohemia y tenía un brillo peculiar en los ojos. Recorría los bares interrumpiendo amablemente a los clientes para hablarles de sus sueños. La artista que no era ni hippie ni bohemia era de Gijón como él. Les preguntó si echaban de menos el mar y les contó que el mar y Gijón habían inspirado sus pinturas, ella había estudiado danza y se dedicaba a dar clases de baile para intentar pagar una galería en la que exponer sus obras. Sacó una libreta de color naranja desgastada pero llena de vidas e historias en la que guardaba como un tesoro cartulinas de colores de diversos tamaños en las que estaban pintados algunos de sus dibujos. Les invitó a ojearlos, les sugirió que los podrían utilizar como marca páginas o como postales y que todos los había creado ella menos el de Botticelli, que lo había copiado porque era su cuadro preferido.
Él cogió las cartulinas con sus dedos pequeños y les echó un vistazo. A él le gustó la cartulina con la pintura de Botticelli. Ella ya había seleccionado una cartulina azul en la que estaba pintada una figura de color púrpura. Le preguntó a la artista que significaba la figura y la artista le contestó que era un hada. El hada era la pintura más cara porque daba mucho trabajo; pero a ella le gustaban las hadas así que él pagó dos cartulinas de hadas y la artista le regaló también el marca páginas de Botticelli por sus orígenes asturianos. Le desearon suerte con la exposición y apuntaron su correo electrónico en un papel desgastado con un lápiz pequeño que ella guardaba en su bolso, para que la artista que no era hippie ni bohemia, les avisase cuando pudiese exponer su obra.
Después fueron a comer a una terraza con lámparas que hacían la función de braseros porque empezaba a hacer más frío que calor. Á él le gustaban las nuevas tecnologías y comprar cosas por internet, a ella subrayar libros de páginas desgastadas con lápices pequeños. Hablaron de las personas que conocían en común y de las cosas más o menos graciosas que habían vivido. Siguieron bebiendo vino blanco y decidieron que algún día montarían un sitio como ese, en el casco antiguo de una ciudad con mar y servirían tortilla poco hecha en platos pequeños.
-El día en que nos conocimos te acababan de derramar una copa de vino en un vestido beige de seda. En el pelo llevabas una diadema de piedras y no dejabas de mirarme. Cuando nos volvimos a ver me hablaste acerca de esos libros que te fascinaban acerca de la interpretación de los sueños, llevabas unas gafas de sol nacaradas con cristales oscuros porque no querías que te viese mirándome. En nuestra tercera cita te acompañé a comprar libros sobre poesía portuguesa en un puestecito de Alonso Martínez, después fuimos a tomar dos cafés cortados con leche fría y derramaste café sobre los libros. Yo recuerdo con exactitud cada detalle, y eso que fueron muchos libros, muchos cafés y muchas copas de vino derramadas sobre vestidos de seda. Dios me ha dado una memoria prodigiosa, quizás mi misión sea tan sólo recordarte todas las cosas que vivimos juntos. Las mujeres de blanco que están apoyadas en el marco de la puerta interrumpen su discurso
.-Hay días especialmente difíciles. El alzheimer es una enfermedad muy dura.
La otra mujer de blanco lo mira compasiva El viejo abandona la sala tambaleándose y bastante molesto. Cuando está a punto de perderla de vista se gira y le dice a las mujeres de blanco a la vieja de camisón azul y al mundo entero
-Cada uno recuerda lo que quiere.
La mirada compasiva de la mujer de blanco se convierte en un gesto de desaprobación y le invitan a irse. Las dos mujeres se quedan cuchicheando un rato en la habitación.
-Es una enfermedad muy dura- vuelve a repetir la más comprensiva- Es normal que los familiares lleguen a perder los nervios en alguna ocasión. Él a fin de cuentas, también es un hombre mayor.
-Lo más extraño- dice la segunda intentando poner un tono interesante- es que el marido de Alicia murió hace años.
-Entonces ese hombre, ¿es su amante?
-La familia de Alicia no lo conoce de nada,- dice la mujer con un tono claramente morboso- dicen que las historias que cuenta son disparatadas y no concuerdan con la vida de ella. Aún así piensan que es inofensivo y no quieren que deje de visitarla. A fin de cuentas ese pobre hombre vive de sus recuerdos, aunque los haya construido el mismo.
-Los ha construido para ella. – concluye la otra-.
Las dos mujeres de blanco que no son más que dos enfermeras como habéis podido intuir, se giran y miran a Alicia con curiosidad. Lleva toda la tarde apoyada en el marco de la ventana, en la misma posición desde que la han subido del paseo. Su mirada está más perdida de lo habitual, como si una parte de ella quisiera recordar o creer las historias que el viejo le cuenta cada martes.
El martes siguiente el viejo vuelve a ver a Alicia con su caja de recuerdos inventados y la vida que tiene preparada para que los dos recuerden. Alicia le sonríe por primera vez desde el marco de la ventana. Debajo de la bata azul lleva un camisón beige de seda y sobre su cabeza tiene una diadema con piedras diminutas.

Hace varios años estaba viendo fotos de mi infancia cuando comprobé horrorizada que en todas las fotos salía abrazada a un bote de colacao. Mis padres siempre me habían dicho que había sido una niña feliz que había tenido un montón de juguetes así que había algo que no encajaba. Me dio por pensar que tal vez me ocultaban algo así que le pregunté a mi madre por la presencia constante del dichoso bote rojo y amarillo. Mi madre la pobre soltó una carcajada y me explicó que a pesar de haber tenido muchísimos juguetes yo tenía predilección por aquel bote.
Con los años me he acordado varias veces de esta anécdota; qué feliz y qué ignorante debía ser cuando podía escoger como compañero de aventuras a un bote de colacao sin el más mínimo complejo. Supongo que perdí mi inocencia el día en que le di la espalda al dichoso bote.
Esta mañana me acordé de mi compañero de juegos cuando paseaba con mi perro por el parque. Mi perro tiene predilección por los perros sin raza a los que en Galicia denominamos como "palleiros" (siempre me ha fascinado este calificativo).
El otro día se enamoró locamente de una perrita " palleira" de color indefinido y mirada tristona cuya dueña es una señora mayor a la que le faltan varios dientes. En un principio me intenté interponer en su relación pero esta mañana cuando apareció la perrita sin raza, mi perro se tumbó en el césped hasta que pasó por delante, entonces se levantó y comenzó a olisquearla y hacerle todas sus monerías así que me rendí a sus encantos y decidí creer en el amor.
Para mi sorpresa, a pesar de que mi perro estaba haciendo todo su repertorio de juegos como un verdadero conquistador su pretendienta no se inmutaba. Miré a la perrita con reproche, entonces la vieja desdentada se dirigió a mí y me dijo
-" Está castrada y es mayor así que no le hace ni fú ni fá". Me quedé perpleja, y le contesté llena de indignación y de asombro
- " El lleva esperándola desde que la vio pasar". La vieja se limitó a encogerse de hombros y se fue tan ancha.
Por una parte me alegré porque no me hacía a la idea de que la palleira formase parte de la familia pero no dije nada porque era consciente de que le acababan de romper el corazón a mi perro.
En ese momento me fijé en que al otro lado del parque había un bonito bulldog francés que correteaba por el césped mientras su trajeado dueño hablaba por el teléfono móvil. El bulldog se dio cuenta de nuestra presencia y se tumbó en el césped con un entusiasmo y una devoción admirable hasta que mi perro y yo pasamos por delante. Entonces la historia se repitió, el bulldog llevó a cabo todo su repertorio de artimañas para conquistar a mi perro, pero el pobre tenía la mirada perdida pensando en la perrita grisácea sin raza. El hombre del traje colgó el teléfono móvil y se dirigió a nosotros. Entonces miró a mi perro con indignación y me miró a mí de reojo y dijo:
.-"Ella lo lleva esperando desde que lo vio pasar".
Pensé en decirle que el amor es ciego y que mi juguete preferido de pequeña era un bote de colacao pero temí que no lo entendiese y me tomase por loca así que me limité a encogerme de hombros con el mismo gesto de indiferencia que le copié a la vieja desdentada mientras elhombre trajeado me miraba con desprecio.

Si tengo que ser sincera desde el principio, he de reconocer que Juanita se puso muy contenta el día en que su marido Evaristo falleció. Lo primero que hizo fue beberse una botella de anís del mono y varias botellas de sidra en honor a su primer novio asturiano.
Os estaréis imaginando que Juanita es una mala persona además de que tiene problemas con la bebida. Pues ni una cosa ni otra. No os dejéis llevar por las apariencias.
Evaristo se murió de viejo, no os imaginéis ningún drama, estaba arrugado como una pasa y se murió en su casa un día cualquiera a las cuatro de la tarde, después de tomarse su café con orujo.
Antes de ser un viejo arrugado Evaristo había sido un niño malcriado que un buen día se encaprichó con Juanita. Como Evaristo era muy cabezón no paró hasta que consiguió una cita y otra y otra, y así hasta sesenta y tres años de matrimonio.
Todo lo que hubo entre los primeros besos y los últimos días de Evaristo es muy difícil de resumir en unas líneas.
Os aseguro que nunca fueron un matrimonio muy sano aunque puede que Evaristo en el fondo la quisiese pero a su manera, y desde luego, esa no era una manera muy sana de querer.
A Juanita siempre le habían gustado los retos así que luchó incansablemente por salvar su matrimonio. Yo no soy la persona más indicada para sacar a la luz sus trapos sucios pero digamos que su relación nunca fue fácil. Juanita siempre había sido muy exigente consigo misma así que se limitaba a pensar en todas las cosas en que tenía que mejorar.
A la pobre Juanita le llevó toda la vida darse cuenta de que el problema no estaba en ella, tampoco había una tercera persona, ni importaba el peso de los sesenta y tres años de matrimonio. Evaristo siempre había estado enamorado de sí mismo. Juanita celebró así su libertad el día en que su marido la dejó en paz para siempre.
A mí me contó su historia con detalles que no revelaré jamás para prevenirme y para salvarme. Me dijo que cada persona vive su propia vida decidiendo y no decidiendo y que hay que asumir la responsabilidad personal hasta un punto, ya que hay muchas cosas que se nos escapan de las manos y otras que nunca podremos entender.
Lo peor de la lluvia es cuando llega de forma inesperada e intensa como casi todos los grandes amores. No sé porqué con la lluvia me vuelvo más melancólica de lo habitual.
La cosa se hace menos llevadera cuando eres la única de la manzana a la que le pilla sin paraguas.
Ayer me pasé un buen rato esperando a que se fuese. Pero ella, la lluvia, me ganó la batalla y se me acabó la paciencia. Así que decidí plantarle cara.
Mientras mi parte racional protegía los libros que tengo que devolver mañana en la biblioteca mi parte emocional se dedicaba a proteger mi bolso aunque dejó de ser gris hace un tiempo.
Y allí estaba yo dando saltitos ridículos, jugando al pilla- pilla con la lluvia y protegiéndome como podía por los soportales. Tardé un rato en darte cuenta de que parecía ser la única que se había olvidado el paraguas en casa, la gente me miraba como si fuese tonta y yo los miraba pensando que todos debían de ser muy listos. Después de retar a todos los litros de agua que cayeron del cielo, y de intentar protegerme del agua como si tuviese miedo a desteñir, llegó el momento de despedirme de los soportales para cruzar el semáforo.
En los minutos de espera a la intemperie me volví a dar cuenta de que era la única de la acera sin paraguas. ¡Cómo se puede echar tanto de menos un utensilio tan tonto y antiestético...!
Allí estaba la típica señora con su abrigo de los domingos y su pelo de peluquería, intacta.
Allí estaba un hombre delgadito y desgarbado que sólo ocupaba la mitad de su paraguas.
Entonces llegó el. Un mendigo sin dientes con un gorro de lana y un enorme paraguas de colores. Me imaginé su historia antes de que me mirase, cuando se dirigió a mi ya lo tenía idolatrado. Para mi sorpresa lo único que me dijo fue “hay que ver como te vas a poner” y se tapó con su paraguas de colores.
Sentí una profunda decepción como si el mendigo del paraguas de colores fuese la última razón para creer en la bondad humana, pero entonces abandoné a mi héroe literario y me di cuenta de lo inapropiado que resultaría resguardarme en el paraguas de un desconocido.
¿Alguien ha compartido su paraguas con un extraño en un día de lluvia?
Mi amigo Horacio llevaba trabajando menos de un mes en la sección de deportes de un periódico local. Era su primer trabajo y eso implicaba ilusión, esfuerzo, horas extras y muchos fines de semana. El lunes sin darle demasiadas explicaciones lo despidieron. Es por la crisis, supuse.
Mi amiga Lidia, recién licenciada, se contentaba con un trabajo en el Corte Inglés durante los fines de semana de las navidades. El día antes de firmar el contrato la llamaron diciendo que lo sentían pero que estaban recortando personal.
Afortunadamente Lidia y Horacio no tienen hijos, ni una hipoteca a cuestas, ni bonos de Lehman Brothers.
En el mes de Noviembre más de 171 000 personas se han quedado sin trabajo. El paro roza así los tres millones de desempleados en nuestro país.
Cooper me sugirió hace unos días que hablase de la crisis en el blog. La crisis… esa palabra que al señor Zapatero le costó tanto trabajo pronunciar pero que ahora se ha colado en todas las parcelas de nuestra vida.
La crisis… la palabra crisis está en todas partes y a la vez de tanto usarla parece un concepto abstracto.
Es por la crisis, ya sabes…y en realidad se habla de la crisis como un pariente incomodo que ha venido a instalarse una temporada y no sabemos muy bien cuanto tiempo se quedará. Quizás sea porque a las verdaderas personas a las que les afecta la crisis no les ha dado tiempo a reflexionar sobre este concepto.
Por cierto, en Madrid ya ha llegado la Navidad. Nueve millones de bombillas iluminarán la capital hasta el seis de enero. Las luces son de diseño y han costado 4,6 millones de euros de nada.

Él. Aparece de repente en el vagón del metro. Lago. Dirección Puerta del Sur.
Lleva vaqueros, una blaiser de pana desgastada y un gorro de lluvia. Es negro y tiene los dientes muy blancos. Se presenta como si fuese un artista de masas " es algo que me gusta hacer antes del show" dice. Después de una breve pesentación desenfunda su guitarra. Mientras prepara el instrumento empieza a decir que va a cantar un tema de Ricardo Arjona dedicado a las mujeres. Sin más preambulos se pone a cantar acompañado de su guitarra.
La mayoría de los viajeros fingen estar concentrados en sus libros o periódicos gratuítos, o simplemente simulan estar absortos mirando al horizonte, pero resulta difícil no escucharle.
La verdad es que tiene una voz bonita y canta con todo su empeño. Saco un libro de mi bolso intentando introducirme en la pasividad colectiva y evitar mirarlo fijamente pero estoy totalmente metida en el espectáculo.
Al llegar a la estáción de Batán la canción termina. Con las misma energía del principio dedica unas embaucadoras palabras a las mujeres. Después de forma educada, pide la voluntad. Le doy todas las monedas que tengo en la cartera, no como un acto de caridad, sino porque realmente he disfrutado del espectáculo. Otras dos mujeres hacen lo mismo, el resto de los viajeros siguen sin levantar la cabeza de sus diarios.
En enero de 2007 El Washington Post llevó a cabo un curioso esperimento en el vestíbulo del metro de la capital estadounidense. Joshua Bell, considerado uno de los mejores violinistas del planeta, estuvo tocando casi una hora ante los despistados transeúntes que continuaron su camino como autómatas.
Más de mil personas pasaron por la estación de metro en hora punta, pero casi nadie se detuvo. Sólo una señora lo reconoció y se paró a escucharle. Los autores del artículo lanzaban la pregunta de si el ser humano tiene realmente tiempo para la belleza. El experimento demostró el comportamiento autómata de las personas en las grandes ciudades.
Puede que sea la falta de tiempo la que nos impide a los seres humanos apreciar la belleza y el arte. O quizas tengamos una idea tan estereotipada de lo que consideramos arte, que hemos perdido la capacidad de apreciarlo.
Joshua Bell en el metro de Washington.
Decía Platón que no existen hombres malos, sólo ignorantes. Yo me pregunto si es la ignorancia y la incompetencia tanto de los responsables de las administraciones como de los porteros de discoteca la que ha lllevado a la muerte del joven Álvaro Ússia. Esta supuesta ignorancia que la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre ,dice que tratará de combatir con fomación y test psicológicos.
La defensa de los supuestos asesinos habla de accidente fortuito alegando que el portero, que pesa unos cien kilos, cayó accidentalmente encima del joven. Varios testigos sin embargo, afirman que los porteros le dieron una paliza que acabó con la vida de Ússia.
A la justicia le corresponde aclarar los hechos. Esa justicia en la que Álvaro debía creer porque dudaba en estudiar empresariales o derecho.
Sus amigos dicen que Álvaro era un chico alegre y popular entre sus compañeros del colegio Monte Tabor. Un chico ligón y aficcionado a los deportes.
Hoy pienso en su mejor amigo con el que se quería ir a esquiar a Sierra Nevada, también en su última novia, con la que decía que tenía planes de futuro con toda la ilusión que se tiene a los dieciocho años. Una edad en la que no reflexionas sobre la maldad o la ignorancia.
Po último y sobre todo pienso en su madre, viuda desde hace apenas dos años y en sus hermanos. Que les expliquen a ellos si fue un accidente fortuito, maldad o ignorancia y que se haga justicia.

Aquí. Se mezcla lo viejo con lo antiguo. Mercado del rastro y plaza de la Latina, Madrid, un domingo cualquiera.
Lo que más me gusta de los mercadillos es imaginarme las historias que ocultan todos los objetos. Los trastos viejos y los tesoros antiguos, los zapatos usados y los utensilios de otra época, los vinilos y las revistas de Marisol, los comics del capitán Trueno. Me encanta esa mezcla de viejo y antigüo.
Me gustan las tascas pequeñas en las que hay mucha cola.Me gusta que la gente coma en la plaza con bandejas de poliespan.
Por otra parte, el encanto de la Latina es, como dice Patri, la mezcla de fauna. Aquí nadie mira de forma extraña a nadie porque cualquiera puede ser el raro. Aquí se mezcla lo hippie con lo moderno.
Me gusta ver a la gente sentada en la calle, me gusta ver como los payasos saltan a la cuerda.
Me encantan las terrazas a rebosar aunque sea noviembre, me encanta el bullicio de los bares aunque sea domingo.



Ella. Esta tan arrugada que resulta difícil distinguir las facciones de su cara. Calle de Andres Mellado, son las nueve de la noche. Un lunes cualquiera.
Viene andando hacia mi, cargada con un carrito de cuadros y una bolsa de plástico blanco, apoyada en un bastón de madera que parece de otra época. Ella en sí, parece de otra época. Se balancea de un lado a otro arrastrando su carrito con dificultad.
Me pregunto cuanto tiempo habrá tardado en hacer la compra. Me la imagino caminando despacito apoyada en su bastón, perdiendose por los pasillos del supermercado, ella sabe mejor que nadie lo que han subido los precios. Me la imagino en la cola, rebuscando las monedas en una cartera de piel muy gastada y arrugada, como ella. Una cartera llena de tickets viejos, billetes arrugados y fotos de unos nietos a los que ya no ve tanto como le gustaría.
Y allí,sigue, camina despacito, tambaleandose por la calle de Andres Mellado, arrastrando su carrito de cuadros;su compra y sus recuerdos. Estamos bastante cerca, me pregunto si debo ofrecerle mi ayuda pero entonces me doy cuenta de que ya me ha adelantado mientras yo rebusco el móvil en mi bolso.La miro mientras se aleja, a paso lento pero seguro.
Ellos. Que no tienen nada. O que lo tienen todo.
Estación de Príncipe Pío, un martes cualquiera.
Un trasbordo y una parada más para llegar a Argüelles. El invierno ha lllegado de repente así que abandono el libro de Viktor Frankl y me concentro en protegerme del frío con un chaleco gris de pelo. Llega un tren pero no admite viajeros. Me preparo para esperar cuatro minutos más. Entonces aparecen ellos.
Eran dos jonkies o al menos lo habían sido hasta hace muy poco. Él lleva una barba larguisima y viste un traje chaqueta gris enorme. Le sobran por los menos cinco tallas. El traje lo combina con unas extrañas zapatillas de deporte. Ella tiene el cuerpo de una niña de diez años. Sonríe todo el tiempo y aprieta con fuerza una bolsa de gominolas. El poco pelo que tiene repartido por la cabeza es de tres tonalidades distintas y un enorme mechón blanco hace la función de flequillo. Llueve a cantaros pero calza unas infantiles babuchas rosas de piederecitas que parecen de juguete.
Reconozco que mi primera reacción fue apartarme, pero unos segundos después me alejé para poder contemplarlos sin ser vista.
Estuvieron abrazados durante los cuatro minutos de espera. Forman una estatua peculiar. Ella mete las manos en los bolsillos del enorme traje. Él levanta la chaqueta que hace la función de manta. Nos montamos en el mismo vagón. Ella se sienta y él permanece de pie, la protege con su cuerpo y con su mirada. Ella sonríe todo el tiempo, él le devuelve la sonrisa. No entiendo el idioma en el que hablan.
Ellos. Separados parecen seres indefensos y demacrados, consumidos por la vida, o por la mala vida; pero juntos se vuelven poderosos. Quizás sea su sonrisa, quizás sea el equipo que forman.
Ella. Que lo había tenido todo. Un cuerpo de escándalo y un puesto como redactora y codirectora en una revista de moda. Dinero, y contactos. Fiestas increíbles y una relación con un empresario que se acabó cuando él se vio invadido por el espíritu paternal y maternal a la vez y le propuso formar una familia. Ella se negó, nunca le habían gustado los niños; no los podía compaginar con los viajes, las fiestas y los muebles de diseño. Pero el destino a veces es caprichoso.
Pablo había seguido los pasos de su padre y se había convertido en un afamado abogado. Se casó con su novia de la universidad, una cordobesa que apenas pudo acabar la carrera de derecho porque se quedó embarazada de trillizos. Eran la típica familia perfecta. Pablo tenía un trabajo importante al que dedicaba mucho tiempo y esfuerzo pero su prioridad siempre era su familia. Su mujer se llamaba Natalia y se murió de cáncer el pasado invierno. A raíz de la muerte de Natalia Pablo perdió el norte, pensó que no había nada que mereciese la pena o al menos nada que pudiese durar demasiado. Estuvo a punto de perder la custodia de los trillizos y tuvo problemas con el alcohol. En una de sus noches de locura mano a mano con un vaso de whisky se reencontró con ella. La protagonista de esta historia.
Ella, que de momento no tiene nombre, había sido el gran amor de su infancia y adolescencia, y como todos los grandes amores había sido un amor no correspondido porque si no no tendría tanta gracia. Ella era la típica rubia perfecta porque aunque fuese rubia la verdad es que era muy lista, y ambiciosa, aunque como la protagonista de esta historia es una mujer el término para definirla sería trepa.
Para ella los hombres siempre habían ocupado un lugar secundario en su vida. No es que los considerase seres inferiores sino que ella pensaba que no eran absolutamente necesarios. Ella, cumpliendo el perfil de niña caprichosa era hija única. Su prioridad en la vida era un fabuloso trabajo como codirectora en una revista de moda, eso creo que ya lo he dicho al principio. Ella adoraba a sus amigas de la infancia, la mitad eran rubias la otra mitad morenas pero la verdad eran todas muy guapas y buenas personas, la mitad listas, la mitad no, tampoco se puede tener todo. Pero para cada una de sus catorce amigas llegaron catorce hombres. Algunos rubios, otros morenos, y otros con problemas de calvicie; ninguno demasiado inteligente, ni demasiado atractivo ni con demasiado dinero. Así que vamos a suponer que todos eran personas estupendas. Después de los hombres vino la típica sucesión de boda, luna de miel, niños, y más niños, pañales y vacaciones familiares en casa de sus respectivos suegros.
Se habían acabado los viajes en sitios exclusivos, las navidades en la nieve e incluso los capuchinos diarios se convirtieron en semanales. Entonces ella se centró en su trabajo y en la relación con el empresario que mencioné al principio. Pero la típica sucesión de todo lo necesario para alcanzar la felicidad, las cosas socialmente establecidas que debían tener como pareja llamaron a la puerta un martes cualquiera.
El empresario al que vamos empezar a llamar Antonio aunque éste no sea su verdadero nombre, primero las dio por supuestas y después las suplicó cuando se dio cuenta de que no soñaban con lo mismo. Ella, que de momento sigue sin tener nombre, decidió retirarse una temporadita para reflexionar. Como suele ocurrir en estas ocasiones se fue a la casa de sus padres en Panxón, ella nació allí creo que no lo había mencionado antes. Reflexionó mientras daba paseos por la playa y mientras daba tragos a grandes vasos de Santa Teresa con coca cola light. Ella era adicta a los cócteles pero en estas ocasiones necesitaba algo más fuerte. Y allí estaba él, un jueves cualquiera en la barra del bar en el que habían tomado sus primeros tragos, y habían bailado aquellas canciones que ahora formaban parte de los clásicos de los 80.
Pablo se alegró de verla, aunque tardó en reconocerla por el efecto del whisky. Le contó que había perdido el rumbo de su vida y le habló de la enfermedad y de la muerte de Natalia. Ella lo escuchó con atención y derramó algunas lágrimas amargas. No hablaron de los motivos por los que ella estaba allí.
Ahora ella mira al jardín de su nueva casa. Antes vivía en un ático con piscina en la terraza pero ahora tiene un adosado de madera con un pequeño jardín. En el jardín hay un columpio. Los trillizos se pelean continuamente por el columpio, el bebe todavía es demasiado pequeño.
Hoy, un viernes cualquiera,comienza esta aventura digital. Este humilde blog es todo un reto para alguien que no se lleva nada bien con las nuevas tecnologías. Pero escribir un diario sería demasiado ñoño así que renovarse o morir...
En este diario digital no pretendo escribir sobre ningún tema en concreto ni bajo ningún matiz, tampoco pretende ser una confesión de pensamientos o historias personales. Aquí están los retales de todas aquellas pequeñas cosas que me hacen pensar a lo largo del día. El fin último de contar estas hazañas es intentar hacer reflexionar o al menos entretener.
Este blog está insipirado en las historias de todas las personas que me rodean, algunas estan sentadas en el sofá porque viven conmigo, con otras sólo he compartido un par de paradas en el metro.
Por cierto, tengo un amigo que toca el bajo al que le gusta comer helados en invierno.